
Vivimos en un mundo convulsionado, cambiante, inimaginable hace solo diez o veinte años. Un mundo en el que a veces parece que gana Tánatos y que su contraparte, Eros, tiene la voz baja o quizá apagada. Si, guerra ha habido a lo largo de toda la historia de la humanidad; conflictos en los vínculos humanos, ya sean estos familiares, sociales, personales o de pareja, también, pero el mundo actual es distinto, esto por muchos motivos, entre otros, la tecnología y sus avances: el internet, las redes sociales, la inteligencia artificial, la inmediatez en las comunicaciones, la posibilidad de presenciar todo en tiempo real, no importa el lugar en el que se desarrolle el suceso.
Todo esto parece increíble, sorprendente, no lo hubiéramos concebido ni como fantasía en el siglo XX. Y si, puede ser una maravilla… también una pesadilla. La inmediatez, la prisa, la información en cascada, una noticia tras otra, lleva al olvido de lo anterior en pocas horas, si no en minutos.
Y en las relaciones humanas, los vínculos pueden ser sustituidos por otros en cualquier momento; esto por la ilusión de que tener miles de seguidores en redes significa contar con cada uno de ellos en la vida, significa que pueden estar disponibles para nosotras, nosotros, en tiempos difíciles. Los vínculos estrechos, íntimos, escasean. Falla la tolerancia a la frustración, la posibilidad de hablar y acordar, de ceder; falla la paciencia ante circunstancias que la requieren. Falla la disculpa ante el error cometido.

Así mismo sucede en el trabajo, parte fundamental de nuestra vida. Con gran frecuencia observamos falta de compromiso, incluso, traición. Parece que, a la trayectoria, a la antigüedad, a la estrechez de las relaciones con los y las compañeras de labor, hoy se le da poca importancia. Podemos agregar con asombro que, incluso, se planifica para un futuro cercano, sustituir a los humanos por robots que no se cansan, que no requieren prestaciones, que no reclaman derechos.
Tanto por el lado de los dueños de las empresas y directores de las instituciones, como por la postura del trabajador, da la impresión de que, en general, es mejor quedarse poco tiempo, no “echar raíces” porque no conviene al capital, al mercado. Cumplir con los derechos de los trabajadores cuesta dinero, y del lado del trabajador, la lealtad, aún en empresas que han cumplido y han reconocido el trabajo, escasea. Lo que importa es irse con quien ofrezca más. El problema no es querer algo más, sino la poca importancia a otros aspectos o valores de la vida que se abandonan porque lo importante, lo único importante es el capital.
Lo temporal, lo inmediato, lo que tenga que ver con resultados rápidos como hacer dinero, fama o prestigio en el menor tiempo posible y sin esfuerzo alguno es, en general, lo de hoy. No soy emisaria del pasado para decir que todo tiempo pasado fue mejor, lo cual implicaría afirmar que todo tiempo futuro será peor, pero si soy una persona que sigue manteniendo la convicción, el ideal, de que el trabajo, la disciplina, la perseverancia y la permanencia tienen valor incalculable; un valor que hace sentir satisfacción, orgullo y sensación de que la vida vale la pena de ser vivida.
Agradezco el reconocimiento que hoy me otorgó la Universidad de Londres. Un placer seguir formando a nuevas generaciones, a estudiantes, ellas y ellos, que tienen por propósito seguir pensando. Solo así cabe la posibilidad de que este mundo siga existiendo y de que los humanos permanezcamos y crezcamos.

